19 Carlosd.alvarez Grasa

Caramelos de mantequilla

Con su cara llena de alegría y un vestido blanco que le hacía ocultar la gordura, Carlota salía a asediar a sus próximas e incautas víctimas.

Siempre prefirió a los jóvenes robustos y con las mejillas rosadas; bien alimentados, pues. Los llevaba a su casa por medio de artimañas, les ofrecía unas copas de champaña de la cara y platillos exquisitos con los que era muy fácil sentirse halagado.

Cuando por fin quedaban medio adormilados de tanta comer y beber los invitaba a subir a su habitación; cargada de terciopelos, candiles y sábanas de seda de las más finas, se convertía en el refugio perfecto para que nadie pudiera interrumpir tan romántico encuentro.

Cualquiera pensaría que los jóvenes terminaban por salir corriendo de aquel cuarto, sobre todo porque Carlota no era joven ni delgada, sino todo lo contrario. Sin embargo, los artilugios de la Condesa le funcionaban para que las víctimas permanecieran fascinadas y dispuestas.

Los llenaba de mimos y les hacía cosquillas en las plantas de los pies con una pluma de ganso. El paso siguiente era tomar una barra de mantequilla que deslizaba por el tierno cuerpo de sus conquistas, de la cabeza hasta los pies. Con el calor del cuarto, la grasa se derretía sobre la piel creando una cobertura brillante e irresistible que hacía salivar a Carlota tanto como a un perro que mira un trozo de carne.

Acto seguido se aproximaba al cuerpo tendido sobre la cama para pasar su carnosa lengua y lamer cada parte como si fuera un chocolate, aquel pasaje podía durar horas, hasta que finalmente un una mordida daba fin a la aventura. Carlota se había comido a tantos amores cubiertos en manteca que el doctor le había advertido sobre un problema de salud y prescrito una dieta rigurosa que nunca pudo cumplir.

Una noche Carlota fue encontrada tumbada sobre el cuerpo desnudo de su última presa; los dos cubiertos de sebo, con una pluma en la mano izquierda y la envoltura de una barra de mantequilla en la derecha y, eso sí, con una cara de satisfacción que no se pudo borrar ni cuando le practicaron la autopsia.

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Avin
Escritora. Bruja de oficio, cocinera de palabras por accidente. Cambio de color todo el tiempo porque no me gusta el gris, un poco sí el negro, pero nada como un puñado de crayolas para ponerle ...
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Carlos Álvarez
Ilustrador. Soñó que se caía, pero se agarró de un lápiz.
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