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Domingo

La Torra fuma uno de sus cigarros de liar mientras León alimenta las brasas. Carmela mira el trabajo de su hombre, León, quien por tener descendencia argentina es responsable natural de la parrilla. Jano, pareja de La Torra y extranjero llegado a aquel país hacía un par de años, sostiene un cuchillo en la mano mientras León y él fuman.

Sentadas a la mesa, las chicas hablan de cosas de mujeres, esas cosas que nunca se saben qué son pero que siempre se resumen a cosas de mujeres. Junto al asador los hombres hablan, como es de esperarse, de cosas de hombres. El vacío, la tira y el chorizo dejan escapar un líquido rojizo que de tanto en tanto provoca un chiflido en el carbón.

La carne está lista. Los hombres apagan el cigarrillo. Uno lo hace sobre la suela de sus botas, el otro lo arroja directamente a las brasas. Las chicas se reacomodan en sus lugares; los hombres toman los suyos. León le hace un guiño cariñoso a Carmela. Jano en cambio acaricia el rostro de La Torra dejando en sus labios una pequeña mancha aceitosa.

Jano deposita el vaso de vino sobre la mesa. A través del cristal se puede ver el mundo real deformado en líneas parecidas a las de una galaxia orgánica e imaginaria producida por la impronta de grasa que la carne ha dejado en sus dedos. «¡Cuando hay grasa qué bien se pasa!», dice Jano mirando a La Torra, y de nuevo toma el vaso para darle un largo sorbo al vino.

Escritora. Participa con sus letras en el proyecto Deletéreo.

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