Skip to content

Al muro en sus labios

En ella vio las mismas sombras, hablaban de los mismos fantasmas. La misma acidez patibularia cada vez que se sentaban a la mesa a ver pasar la gente. El mismo cinismo ante las pequeñas ofensas de la ciudad. La misma y parabólica sorna cuando el nerviosismo los enfriaba y no sabían cómo atraer la atención del otro. El mismo placer rebosante que creció mano a mano y mordida a mordida, hasta conocerse las lágrimas, pero en especial las carcajadas y los estertores y las exhalaciones y el sueño.

Así. Y después, sin caer en cuenta, ante ella fue cediendo, cayó bajo su miel. Discreto se acercó, y la cercanía se hizo estrechez: apretarse uno al otro, sumirse, hundirse como los dedos entre el cabello. El que creía lazo insospechadamente se volvía cadena, y lo único evidente era la piel tierna contra las mejillas y los ojos llenos de almendra.

—Te tengo —un día entendió, y se entendió sujeto y dócil y herido. Y entendió el campanilleo que escuchaba. Entendió su posición en la cadena, y algo que distintivamente a ella se le había escapado: sin importar los eslabones, quien sostiene la cadena también está encadenado.

Escritor. Lugar común: perfil obsesivo compulsivo, pero es cierto y útil en producción editorial. Editor, traductor, corrector de estilo.

Anterior
Siguiente

No pares, ¡sigue leyendo!

Mein Gott

Grasa

—¡Mein Gott!—me decía— ¡Mein Gott! ¡Qué desagradable mujer! Ah, pero cómo la amaba. Nada me hacía más feliz que saber que no sería…

Demasiada superstición

Espíritu

La primera vez que a Martina le leyeron las cartas no fue sino una decepción. Ella esperaba que después de haber pagado tanto…

Volver arriba