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Un cubo. Esqueleto de mentes poderosas.

Con la capacidad de moverse totalmente inactiva, con los ojos detenidos en la luz titilante y los dedos partidos en 16 botones, descansa Ernestina.

La carne de su labio inferior cede poco a poco y su baba empuja hacia abajo desbordando la comisura. Su desierto mental crece y la bocanada de anuncios se expande.

Ernestina no habla.

Su columna vertebral se parece a un caracol.

Su cuello flácido apenas respira un poco de verticalidad.

Ernestina.

Del otro lado unos ojos sangrientos la observan divertirse, distraerse, distenderse, ausentarse, romperse, desmembrarse, descoserse, abrumarse, dormirse, despertar.

Ernestina no se entera —todavía—, de que su cuerpo y su mirada ya no le pertenecen.

Va a moverse pronto. Puedo sentirlo, va a levantarse de ese sillón.

¡Respira hondo Ernestina!, ¡agarra el puñado de fuerzas que tienes!,¡haz algo!

Sus dedos se mueven. Sus párpados se mueven. Sus pies la trasladan poco a poco a la cocina. Va a comerse unas papas. Papas crujientes y sabrosas. A que no puede comer sólo una.

Escritodóloga. Aspirante a poeta. Descubridora del arte dramático en su taza de café. Huye de escribir semblanzas por no hablar de sí misma.

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