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Un cubo. Esqueleto de mentes poderosas.

Con la capacidad de moverse totalmente inactiva, con los ojos detenidos en la luz titilante y los dedos partidos en 16 botones, descansa Ernestina.

La carne de su labio inferior cede poco a poco y su baba empuja hacia abajo desbordando la comisura. Su desierto mental crece y la bocanada de anuncios se expande.

Ernestina no habla.

Su columna vertebral se parece a un caracol.

Su cuello flácido apenas respira un poco de verticalidad.

Ernestina.

Del otro lado unos ojos sangrientos la observan divertirse, distraerse, distenderse, ausentarse, romperse, desmembrarse, descoserse, abrumarse, dormirse, despertar.

Ernestina no se entera —todavía—, de que su cuerpo y su mirada ya no le pertenecen.

Va a moverse pronto. Puedo sentirlo, va a levantarse de ese sillón.

¡Respira hondo Ernestina!, ¡agarra el puñado de fuerzas que tienes!,¡haz algo!

Sus dedos se mueven. Sus párpados se mueven. Sus pies la trasladan poco a poco a la cocina. Va a comerse unas papas. Papas crujientes y sabrosas. A que no puede comer sólo una.

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Ludmila Bollati
Escritodóloga. Aspirante a poeta. Descubridora del arte dramático en su taza de café. Huye de escribir semblanzas por no hablar de sí misma.
Amante de las sirenas, los perros, de la riqueza de los colores que nos rodean, apasionada de la creación de historias paralelas a través de ilustraciones, mi mejor medio para comunicarme y a la vez impregnar lo que soy. Estudié la licenciatura de diseño y comunicación visual en la Escuela Nacional de Artes Plásticas , realice ilustración científica en el herbario de la Facultad de Ciencias de la UNAM, tomé un diplomado de ilustración con Guillermo De Gante y Enrique Torralba, con Gerardo Suzán y diversos seminarios con Antonio Santos, Gabriel Pacheco, Jesús Cisneros y Javier Sáez. Por último realicé un máster en álbum infantil ilustrado en Madrid y actualmente me dedico a la ilustración infantil.

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