El monstruo devorador de ciudades despertaba cada mil años y se tardaba otros mil en devorarlas por completo. No era grande, era del tamaño de una partícula, con flagelos largos como hilos de pensamiento borrosos que abarcaban las fronteras. Estaba más hecho de desidia que de costumbre y no le gustaban los días fríos o lluviosos, ni las despedidas.
No pares, ¡sigue leyendo!
Vérte/bras
La primera decisión que tomó me sorprendió gratamente. La oreja. Recordé a Manuel Ignacio en el colegio cuando me lamió esa misma oreja…
El laberinto de Ariadna
Yo sé que prometimos caer juntos. En el momento de dar el paso a la nada mi cuerpo se escurrió, miedoso y titubeante,…




