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Magna

Ana camina entre la multitud enardecida hacia las puertas del Senado y, como si fuera una boda militar, todos le ceden el paso al darse cuenta de que el prometido de la novia es un bidón de gasolina. Ana llega al pie de las escaleras. Los protestantes madrugadores le dan espacio y se olvidan de parpadear. Ana se quita la ropa, la dobla, la deja en el cemento y se arrodilla sobre ella. Ana toma el bidón, lo destapa, lo levanta sobre su cabeza: 15 litros de gasolina magna emparaman su cabello y humedecen por completo su cuerpo.

Ana se pone un cigarro en la boca y lo prende con el paquete de cerillos que tenía en una bolsita. En menos de una aspiración toda ella es lumbre y el ámbar de la tarde se vuelve naranja. Todos callan, incluso los coches, los pájaros, los perros y Reforma. Los únicos sonidos son los del agua de un cuerpo explotando y los de su piel achicharrándose. El aire se convierte en filete a las brazas.

Los 57 kilos arden por casi 12 minutos. Cuando el combustible se agota por completo y las llamas pierden su noción de existencia, el cuerpo negro de Ana se levanta con calma, toma el bidón ligeramente desfigurado por el calor y sale por donde entró.

Los gritos vuelven.

Tras ganar su primer premio en efectivo, cambiarlo por brandy y cerveza y beberlos con sus rivales, descubrió su pasión por las letras y que la sopa en realidad sí es un buen alimento ...

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