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Dulce amor

Nos costó mucho trabajo hacernos, acostumbrarnos. Los días para mí, habituado a levantarme al alba e irme a la cama en cuanto la luz se disipara, dejaron de existir. Las horas a oscuras se superponían minuto a minuto, una tras otra. Las noches se alargaban. Largas eran las noches, larguísimas.

Durante el día uno se da cuenta del paso del tiempo por la luz. El sol lo determina. La posición de las sombras, el anuncio de un chubasco en un par de nubarrones grises. Pero en la noche no hay sombras ni luces vivas. Son astros falsos, coordenadas torpes. En cambio, el tiempo se descubre a través del rostro de los hombres. De sus ojos incrustados en pronunciadas manchas en el párpado inferior; por la manera en que se habla, por la forma en que se arrastran los labios. La noche se define también en el cuchicheo de las parejas, en sus movimientos cada vez menos tímidos, más agresivos, en sus pulsiones, en el éxtasis. La noche es un mal recuerdo. Uno borroso entre las sombras.

En un principio, cuando la conocí, cuando llevaba ese espectacular peinado y el vestido rosa, yo estuve de acuerdo, lo acepté como parte de ella. En ese momento yo necesitaba una mujer dulce. Ahora no lo requiero más, pero la rodilla ya ha tocado el suelo.

Escritora. Participa con sus letras en el proyecto Deletéreo.

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