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El adiós de siempre

Sé que te has ido y que nunca leerás esta carta que en realidad escribo para mí. ¿Por qué para mí? Para convencerme de que nada podía hacerse, de que uno pierde a los hijos desde el mismo instante en el que nacen. Tú fuiste traída a la vida por un deseo más grande que el de los hombres; la vida fue quien te trajo y te alejó de mí para siempre.

Habría servido de algo advertirte, decir que esos ideales con los que alimentas tu vuelo son todos falsos, que cuando menos te lo esperes se volverán en tu contra. Cómo iba a decirte no vivas, no corras porque te puedes caer, no ames porque acabarás sin corazón. No confíes, no creas, no sientas, no esperes.

Nada te deseo hija mía. Vuela. Cuando te des cuenta de que te desplomas, sólo cierra los ojos e invoca a la vida que siempre termina por debérnoslo todo.

 

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Escritora. «Larga y ardua es la enseñanza por medio de la teoría, corta y eficaz por medio del ejemplo.» –Anónimo
Ilustrador.
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Pena
Me apena mucho dirigirme a usted por medio de esta carta, esta declaración que nace de la necesidad de contarle lo que siento. Yo, que poco sé de cómo hablarle a una mujer de su condición, tan elegante y fina pero principalmente tan hermosa. Sé que en el momento en que reciba estas palabras, sentirá que de nada valen los intentos que desde el mes de mayo he realizado para poder platicar con usted. Pensará también que aquella tarde junto al portón de Morelos nada representó para mí y que mi vida ha sido la misma. Y no la culpo, pues mi cobardía de buscar los medios para acercarme a usted muestran indiferencia y no son dignos de un hombre.
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