Permítanme un homenaje a los embajadores del espasmo, a los que recuerdan a dios en lo más profundo del pecado, a las que saben un poquito a moneda y a los que amansan yeguas a totazos de cadera; un sincero homenaje a las sacerdotisas húmedas y a los músculos pubococcígeos, alabemos oh dios a los que no se cansan de tener las manos ahí, a los que gozan del evangelio inguinal y fracturan sus columnas vertebrales enroscados como anacondas en un chapaleo a galope agreste en medio de la maldita selva, quitémonos por favor el sombrero ante la grandilocuencia salivosa, ante la mafia seminal y la uretra urticante y pongámonos de rodillas, estimados amigos, para rendirle culto a los que socavan estómagos, a los que pulen hemisferios y fragmentan carnitas para ionizarse, sacudirse, naufragarse, irrumpirse, defenestrarse cabalgando en espejo, bien sea en las noches húmedas o en las tardes lúbricas, y bendigamos por siempre, oh hermanos míos, a los discípulos incondicionales de la baba.
No pares, ¡sigue leyendo!
Habana
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Sus ojos. Un filo.
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Todo o nada
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