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El Espíritu

Mi historia fue al revés: nada de pobreza, andar en la calle lavando carros, o salir de una vecindad llena de escuincles llenos de mocos y viejas madreadas. Nací en una colonia cerca del aeropuerto, viví bien y nunca nos faltó nada. Mi jefe tenía una distribuidora de pañales desechables en la central de abastos y además de ir a la escuela, me crié ahí entre todos los comerciantes; éramos un chingo de niños y los cates eran el pan de cada día. De ahí fue que me gustó el trompo, nunca falta el que quiere ser el más picudo y surgen las broncas.

Después, estudié Administración en el Tec, y la verdad es que siempre tuve pedos con todos los pinches güeyes mamones de ahí. El tema siempre era la lana y cómo chingarte a los pobres. Un día sí me calenté y le partí su madre a un compañero que le aventó su credencial al ruco de la entrada y resulta que su tío era el Espíritu que cuando vio la madriza que le puse a su sobrino, me invitó a entrenar con Don José. Todavía me tocó el gimnasio de Tacubaya.

Siempre le pedí disculpas al Espíritu por madrearme a Chuy, su sobrino, pero una vez me dijo: “Mira cabrón, si tú no le hubieras puesto una chinga, se la ponía yo, por eso me caíste bien”.

Y así fue que entré en este show. Después de que el Espíritu se retiró me heredó la máscara y yo la uso con mucho orgullo. Ya son veinte años de luchar y de la administración ni me acuerdo. Agarré el local de mi jefe; vendemos lo mismo y por suerte la gente no ha dejado de cagar.

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Jorge Rubio
Escritor. Editor y librólogo de lunes a domingo, trabajo desde el balconcito de mi casa, al lado de las dueñas de mis quincenas. Escucho música todo el día y como a mis horas. No me gustan las mascotas que puedan dejar pelos.
Escritor/Ilustrador. Diseñador gráfico alma vendida, hedonista de bolsillo vacío, activista de la pereza y los vicios solitarios, nacido en tierra de nadie Santiago de Cali, prosperó en la vida alegre y fue criado en modo experimental, casi como un hámster de ritmos tropicales, con la ternura y los dientes necesarios para dar un par de puñaladas de cariño y el justo pelito afelpado de la embriaguez. Cree que el juicio es una trampa, la cerveza es una dicha y el humor confunde al tiempo; cree que el dinero es para los amigos, los genitales para el viento tibio y un vaso de licor con hielos para mantener el equilibrio en cualquier ocasión que valga la pena. Dibuja desde siempre, con disciplina de borracho -tinta y mugre- y nunca termina nada, no sabe de finales ni de principios ni de la ciencia exacta del éxito. Pero sabe caminar por ahí, encontrando compinches que han iluminado las vueltas de su vida, y le escuchan sus teorías de viejo impertinente, iconoclasta y prostático, a cambio del poco tiempo que nos queda. Amén.

No pares, ¡sigue leyendo!

Proveerá

Confianza

—Dame la mano. Le dio la mano. Avanzaron treinta pasos más, cuando despidió al criado. —Regrese, Eleazar. No entre al pueblo: pronto estaré…

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