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El niño de la mochila naranja

Creció en una hermosa y atenta familia de clase media. Nunca le faltó nada y sus padres se esforzaron para que disfrutara cada momento de su infancia, para que probara y abandonara tantas disciplinas y aventuras como quisiera, para que leyera y conociera el fundamento de las religiones y las diferencias históricas y humanas detrás de cada piel.

En la escuela no le fue mal, sus profesores fueron siempre respetuosos y dedicados. Le enseñaron a filosofar en lugar de darle pura cátedra. Le guiaron de la mano a través del ejercicio competitivo, del trabajo en equipo, de los valores humanos y sociales.

Sus amigos siempre fueron sus amigos, le permitieron conocer de primera mano la amistad, el amor, el dolor y la frustración. Con ellos disfrutó desde la alberca del vecino hasta los picos nevados de la sierra. Los apoyó cuando pasaron dificultades y ellos le ayudaron cuando él tuvo las suyas.

Inteligente, atento, humilde, capaz, deportista o echado pa’lante fueron las descripciones que más le atribuían.

Los desconocidos lo miraban con una sonrisa y confiaban en él prácticamente al instante. Cuando su madre lo llevó a una bruja para que le leyera las cartas, la lectura no pudo ser diferente. El mundo, el sol, el as de copas. El éxito, un porvenir prometedor y riqueza.

Todos pensaron que su futuro sería brillante.

Tras ganar su primer premio en efectivo, cambiarlo por brandy y cerveza y beberlos con sus rivales, descubrió su pasión por las letras y que la sopa en realidad sí es un buen alimento ...

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