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Escalada libre

Las veces que estuvimos en las profundidades, en el silencio de las paredes frías. Las noches que estrellamos los gritos en cal hasta abrirnos los nudillos. Los días que nos llevaron a escoger entre caminos blancos, sintéticos, punzocortantes, ermitaños. Y los años azules: el frío siempre será el frío aunque el agua de la cubeta ya no se congelará ni se teñirá de sangre.

La recurrencia de las sábanas insomnes, madrugada tras madrugada. Nuestras mentes que desfilan por los bordes de preguntas incontestables.

Los retumbos de ayer, las punzadas de la mañana siguiente. En el transcurso de una mala película que ponemos para dormir nos llegan los síntomas de la tristeza: olas de potasio y manganeso que van, que regresan. Lo errático de nosotros se convierte en un maremoto cuando se desliza por las mejillas.

Sabe a sal.

La destrucción llega a las cicatrices que nos recuerdan a diario los abismos interiores, las pendientes de noventa grados que ascendemos y descendemos con la misma facilidad.

 

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Escritora. Cafeinómana, observadora, insomne. De ser trapecista caminaría todo el tiempo por las orillas.

No pares, ¡sigue leyendo!

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