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Un abrazo cualquiera

Sentada a un lado de la mesa y sólo falta estirar los brazos: cruzar ese puente invisible que hace que la noche sea más fría: invernal en cualquier época del año: pero cada día se termina y empieza otro: la continuidad de la vida: salir y ver el mundo un día con otro: solo vivir: solo vivir.

Él se sienta en la misma banca del parque todos los días para alimentar a las palomas. Lleva una bolsita de la que saca cacahuates con cáscara. Los pela con devoción y se los entrega a esos pájaros inmundos y llenos de parásitos, la carroña de las ciudades que se precien de ser ciudades. Él es viejo. Él lleva un acento en la primera letra como las canas en su cabeza. Y alguien tiene que alimentarlas.

A menudo vienen las ganas de tomar la ventana y tirarla abajo, derrumbar el marco y dejar que la pared entera sea una ventana. Entonces la ventana no sería ventana sino un gran hueco en la pared, y la pared una gran ventana hueca. A menudo las ganas de que el cielo sea un espacio más cercano, el aire un lugar más suave y las ganas un trozo mío más habitable. Pero, entonces, las ganas serían de nada y el mundo se quedaría amable y seco, sin nada que desear.

Escritora. Mar de nervios en esta carne contrahecha. Sentir, sentir, sentir. Y de ahí pensar. Y así decir. Y en todo eso vivir. Vivo colgada de la parte baja de la J en la palabra ojalá.

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