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La fiera

Absorta ante la luz del relámpago vive la fiera, despierta el bosque en el que habita ese hombre que no duerme y que espera calcinado por esa furia ancestral que todo lo habita y a la que nada se le esconde. Desde la más lúcida intimidad el hombre observa los rincones de la habitación, son ya seis días de memorizar las telarañas del techo, los huecos de las paredes, los colores borrosos de la mañana, las ramas de los árboles, los rojos de la tarde.

La fiera lo tiene preso. Se miran desde esa especie de ventana: los pómulos negros y los ojos irradiando furia, ira, el desencanto desesperado.

El hombre no puede alimentarla más; acabará por morderlo y quebrar sus huesos. No hay salida y es que ¿qué salida queda cuando uno decide encerrarse en casa y no salir, cuando encerrarse más ya no es posible sin llegar a lo oculto de la consciencia a enfrentarse con uno mismo?

Agazapadas más allá de aquella oscuridad están las manos. Toma el arma, dispara hacia esos ojos rabiosos pero es inútil porque nadie muere en reflejos de cristal. El hombre es cobarde. Soy demasiado cobarde para dispararme y terminar con el insomnio de árboles malditos, de encierro, de quebrar mis huesos en las formas monstruosas de la sombra.

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Andrés Márquez
Escritor. Estudió Letras Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras, UNAM. Obtuvo el premio José Emilio Pacheco, en el área de poesía, así como la beca Edmundo Valadés para publicaciones independientes, en 2004, 2005 y 2009. Actualmente es editor de la gaceta de literatura y gráfica Literal, y de sus distintas colecciones.
Escritor/Ilustrador. Diseñador gráfico alma vendida, hedonista de bolsillo vacío, activista de la pereza y los vicios solitarios, nacido en tierra de nadie Santiago de Cali, prosperó en la vida alegre y fue criado en modo experimental, casi como un hámster de ritmos tropicales, con la ternura y los dientes necesarios para dar un par de puñaladas de cariño y el justo pelito afelpado de la embriaguez. Cree que el juicio es una trampa, la cerveza es una dicha y el humor confunde al tiempo; cree que el dinero es para los amigos, los genitales para el viento tibio y un vaso de licor con hielos para mantener el equilibrio en cualquier ocasión que valga la pena. Dibuja desde siempre, con disciplina de borracho -tinta y mugre- y nunca termina nada, no sabe de finales ni de principios ni de la ciencia exacta del éxito. Pero sabe caminar por ahí, encontrando compinches que han iluminado las vueltas de su vida, y le escuchan sus teorías de viejo impertinente, iconoclasta y prostático, a cambio del poco tiempo que nos queda. Amén.

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