Misi no tenía brazos. Tampoco tenía piernas. Era una hermosa niña de nueve años y ochenta centímetros de largo cuando se recostaba, o de poco más de setenta de alto cuando tomaba asiento. Como muchas otras personas en su condición, comía helado cada vez que alguien podía dárselo en la boca, porque no le gustaba ensuciarse la cara comiendo a solas. No hay mucho más que contar sobre ella, salvo, quizá, esa ocasión en que le regalaron unos globos por su cumpleaños y no pudo agarrarlos. Ese día se enojó mucho. Pero por lo regular era una niña feliz. Sí, cada que podía, Misi era una niña feliz.
No pares, ¡sigue leyendo!
Rueda de la fortuna
Mi pensamiento tiene cola. No es tan larga como para que otros la pisen, es del tamaño proporcional a su delirio de persecución…
La bastardilla es nuestra
Escuchen hijos de puta, masturbadores, egocentristas, carentes de sexo y de moral, recicladores de esposas de medio uso, padres adoptivos del infierno personal…
Alas de mariposa
Frente al espejo, de mis mejillas parecía brotar la quietud. Bajé de la hamaca con un poco de cuidado de no pisar alacranes…
Miau
En un suspiro de sangre concluye el vuelo del gato sin uñas. Sus pulmones de felpa nunca maullaron por última vez. Su astucia…




