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Alas de mariposa

Frente al espejo, de mis mejillas parecía brotar la quietud. Bajé de la hamaca con un poco de cuidado de no pisar alacranes. Me lavé con un trapo, me froté las piernas y los pechos, me desenredé el cabello y lo adorné con un broche de plata. Me calcé y vestí ligera. La tarde bufaba. Salí de mi ausencia a pasear por las calles.

A mi derecha la soledad se extendía enorme, silenciosa y campesina. Empecé a correr por las milpas amarillentas, el calor del henequén se hacía flamas en mi espalda.

A medio mecate de distancia alcancé a mirar a un joven cazador.

–No te muevas, bonita, estoy buscando tus ojos –contestó el joven.

–¿Para qué te servirán mis ojos? –le grité, confundida, mientras un tirante de mi vestido se divertía con el viento de octubre.

–¿Tus ojos?, para nada. Solamente quédate quieta, me vas a espantar al venado. –Sonrió con dientes amarillos en medio del camino blanco. Yo me puse algo roja. Me detuve en seco.

Un animalejo gigante salió dentre la hierba. El joven disparó. Su presa era femenina, delicada como la arena. Cuidadosamente depositó su cuerpo sobre la tierra que  se apresuró a ceñirle el torso desnudo. Deliraba, maldecía. Su transformación era bella.

Mi amigo la vistió con un rebozo de luto cuando la enterró. Lloraba mucho. Después, él igual murió de calenturas.

Terminada la Revolución regresé a mi pueblo.  Aún recuerdo aquel rebozo negro como la noche en la que se  alza un vuelo nocturno, alas de mariposa durmiendo. Aroma de vuelos minerales.

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Cristian Celis
Me enseñaron a escribir y a contar desde los tres años con ayuda de naipes, corcholatas de colores y revistas de ciencia. Mi televisión (de esas grandotas de madera ) no se veía, así que tenía que imaginarme lo que sucedía adentro, ¡oh imaginación! La poesía es como un sol, adentro, único y salvado: respirar de sus manos amigas, como de pájaros azules que se vuelan por el cráneo, pisar el pasto seco y el aroma acuarela de los mercados, decir con sus jaulas las negras olas desnudas que me toman por el brazo; el sol ondula por encima, como un pálido disco blanco enjuagado. Cuando no trabajo en mi laboratorio me gusta salir a caminar mucho y visitar el océano, ¡ah! y los efectos psicodélicos de las guitarras jaguar. Me gustan las puertas viejas y vencidas, los paseos sin sentido y el viento en la cara cuando voy en moto. No me gusta cortarme el cabello.
Ilustrador. Lo que nos da la propiedad de reyes o reinas es la vida misma y el hecho de que la vivamos personal e individualmente aun cuando sabemos que somos parte de un todo, aun cuando en los momentos más oscuros nos consuele saber que nuestras oscuras preguntas estén en la mente / espíritu / alma / esencia de otros. Esa virtud innata de vivir es fuertemente enriquecida con la virtud de dar vida, de ser nosotros mismos canales para la creación de nuevos mundos que se impongan a la cuestionante y finita realidad. Es allí donde creo confluir con este proyecto de creación colectiva, donde los ríos se cruzan aumentando su caudal para simplemente seguir irrigando (sí, también, por qué no, hasta llegar al mar).

No pares, ¡sigue leyendo!

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