Toco la puerta. Hace frío en mis manos entumidas y las palabras no dichas tuercen mi lengua. Aún de noche, llueve en mis cachetes pegajosos y mi cara, sartén de pasadas cachetadas, evapora tempestades. Nadie abre. La media Luna me recuerda las veces que mintió porque no sé si se burla o sonríe. Toco la puerta. Mi corazón recorre realidades alternas donde vivimos felices para siempre, pero mi mente las devora con razón. No puedo vivir preso de tanto; preso de los celos, de ti, de tus mañas, de tu fuerza, de tus ultrajes, de tus manías y de tu amor. Dejar un vicio es perderse de nuevo en uno mismo y reconocerse libre. Hace falta mucho Raúl —me recuerda mi voz interior— para haber conquistado tierras y luego quemarlas, pero hace falta más para haber amado y luego apartarse. Abres la puerta.
No pares, ¡sigue leyendo!
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