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Un poema por hora

Así pasó el martes apretado, donde la lluvia acompañó la tarde, deshilachando cada palabra entre cervezas y ruido. Un par de señoras querían que les construyera un recuerdo, algo que hablara de la guerra y del chocolate. Un señor que andaba buscando sacarse un poco el frío quiso algo que hablara de unos ojos y una ventana. Llegaron unos niños que querían un poema para su maestra, que tuviera muchas flores y colores.

Se fue pasando la tarde, amarrando sonrisas y despejando cielos.

Llegó un señor que cantaba y una mujer que gritaba, después una espada y dos caballos, después una crítica social, unos guantes con sombrero, una llamarada y unos besos. Mis tripas se estrujaron cuando escribí sobre aquel nazi, y se recompusieron cuando hablé con las abuelas, esas que siguen buscando a sus hijos.

Todo el martes encima, lo tenía en los hombros, buscando zafarme de las últimas palabras, la vi venir… con sus ojos infinitos, con sus dientes afilados, con su cadera cósmica. Miré la hora, me vi perder, surfear el tiempo, sonreír más de lo acostumbrado, romper el silencio, sacudir la lengua, inventar palabras, saludar sus gestos, besar su estómago, romper en llanto. Y sus ojos no paraban de mirar mis manos. Y sus ojos no paraban de respirar. Y el poema se escribió a si mismo.

—¿Cuánto es? —me preguntó con el poema en el cuerpo.

—Este poema es usted señorita, no puedo cobrárselo.

Escritodóloga. Aspirante a poeta. Descubridora del arte dramático en su taza de café. Huye de escribir semblanzas por no hablar de sí misma.

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