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Rapsodia para Rachmaninov

Te escucho y hablas por mí. Tu piano es más fuerte que mis gritos ahogados en mis manos.

Cállame. Agítame. Hazme sonreír con lágrimas que resbalen hasta mi cuello y que la habitación dé vueltas y yo sienta que no estoy aquí.

El espejismo del silencio y sus voces, porque adentro llevo las del pasado y las del presente y las mías y las del lugar en el que vivo.

Ruido. Pienso en todo y se convierte en ruido. Y la habitación vuelve a dar vueltas a mi alrededor y de repente pienso que en el silencio no hay más que vueltas.

Y entras tú. Con tus notas que parecen conocerme sin habernos conocido. Entras tú con una sinfónica de algún lugar del mundo y lloramos porque fuimos amantes y nos dejamos por temor a destruirnos.

Si dejo de escucharte, el silencio se apoderará de mí una vez más.

Llega una punción que no distingo a qué sabe.

Se queda en mis ojos, en mi garganta y es primavera, verano, otoño e invierno.

Ya no te escucho.

Hemos enmudecido.

El silencio se columpia en mis brazos como el viento que arranca las hojas secas de un árbol.

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Escritora. Cafeinómana, observadora, insomne. De ser trapecista caminaría todo el tiempo por las orillas.
Ilustrador. De manera que el único remedio, en espera de que llegue el asalto final, es volver la mirada a lo extraordinario, lo único que todavía nos puede salvar. –Walter Benjamin

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