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Rapsodia para Rachmaninov

Te escucho y hablas por mí. Tu piano es más fuerte que mis gritos ahogados en mis manos.

Cállame. Agítame. Hazme sonreír con lágrimas que resbalen hasta mi cuello y que la habitación dé vueltas y yo sienta que no estoy aquí.

El espejismo del silencio y sus voces, porque adentro llevo las del pasado y las del presente y las mías y las del lugar en el que vivo.

Ruido. Pienso en todo y se convierte en ruido. Y la habitación vuelve a dar vueltas a mi alrededor y de repente pienso que en el silencio no hay más que vueltas.

Y entras tú. Con tus notas que parecen conocerme sin habernos conocido. Entras tú con una sinfónica de algún lugar del mundo y lloramos porque fuimos amantes y nos dejamos por temor a destruirnos.

Si dejo de escucharte, el silencio se apoderará de mí una vez más.

Llega una punción que no distingo a qué sabe.

Se queda en mis ojos, en mi garganta y es primavera, verano, otoño e invierno.

Ya no te escucho.

Hemos enmudecido.

El silencio se columpia en mis brazos como el viento que arranca las hojas secas de un árbol.

Escritora. Cafeinómana, observadora, insomne. De ser trapecista caminaría todo el tiempo por las orillas.

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DOC. 20171116

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