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La sima

El primer tramo del descenso fue ordinario. Pronto la penumbra y la marea, ajenas a las parvadas de estrellas, cobraron autonomía. Pero el halo de claridad que emitían las lámparas se deslizaba con gracia entre la espesura. Y a su paso algún cuerpo abisal huía a pesar del pasmo inicial.

Entonces surgió en él la claridad que el entorno no concedía, que no le era dado conceder. Y el mal, que se instala a través de las fisuras, encontró un resquicio apenas se asomó un hilo de luz, y estiró sus dedos desnudos y tensos como hilos de araña. Recordó las mañanas de julio en que desayunaba con su padre en la playa, mientras despedazaban una hogaza y alimentaban a los peces que vivían al margen del arrecife; la mañana en que por fin entró al mar y se dejó arrastrar por la corriente sin notarlo, hasta rozar las murallas del acantilado; las puestas de sol que devoraban todo a su paso y doraban las nubes bajas; las piernas largas y sólidas de la primera mujer que comprobó que era bien parecido. Vio al otro lado del cristal, sin duda, un cardumen inquieto, todos de su propio color, y un banco de medusas que se sumergía en una columna púrpura y luminosa, arrastrando cardumen y color y piernas luminosas y el olor del pan.

Bajo la presión no sintió la sangre escurriendo de los oídos ni la que lloraba ni el sabor metálico subiendo a la lengua. Cuando sus pulmones colapsaron, mientras seguía los destellos rojizos en la cauda de una aguamala, no pudo ya arrojar el grito del último estertor.

Texto de Oliver Davidson

Ilustración de Silencer

Primero fue La ilustración
Tema: Silencio

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El retrato
Estudio narrativo #1
El silencio como leitmotiv
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