Ni siquiera se movía mucho, sólo se quedaba ahí parado viendo el mundo pasar y se estaba quietecito. Lo tuvimos en casa desde que era un huevo de cascarón mitad rojo y mitad blanco. Estaba en las estrellas aviarias que no llegaría a gallo: el pobrecito nació mudo. Pero trataba de serlo, se empecinaba contra su trágico destino como un gran guerrero griego, sus esfuerzos eran de un mutismo épico gigante. Subido en el tejado, el pecho henchido, alas abiertas y plumas alborotadas abría el pico y ahí la ausencia de un canto pasaba desapercibida, como todo su rastro por la tierra. Con el cogote desolado bajaba encarnando la derrota, picoteaba un par de semillas que encontraba a su paso y se escondía a un lado de la carretera, tras una piedra calentada por el sol. A la mañana siguiente, sin saberlo, le esperaba la misma labor. El mismo destino sería repetido una y otra vez. Fue tan fácil darle un empujón esa tarde.
No pares, ¡sigue leyendo!
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