Ni siquiera se movía mucho, sólo se quedaba ahí parado viendo el mundo pasar y se estaba quietecito. Lo tuvimos en casa desde que era un huevo de cascarón mitad rojo y mitad blanco. Estaba en las estrellas aviarias que no llegaría a gallo: el pobrecito nació mudo. Pero trataba de serlo, se empecinaba contra su trágico destino como un gran guerrero griego, sus esfuerzos eran de un mutismo épico gigante. Subido en el tejado, el pecho henchido, alas abiertas y plumas alborotadas abría el pico y ahí la ausencia de un canto pasaba desapercibida, como todo su rastro por la tierra. Con el cogote desolado bajaba encarnando la derrota, picoteaba un par de semillas que encontraba a su paso y se escondía a un lado de la carretera, tras una piedra calentada por el sol. A la mañana siguiente, sin saberlo, le esperaba la misma labor. El mismo destino sería repetido una y otra vez. Fue tan fácil darle un empujón esa tarde.
Ruth Brenes
Escritora. Mar de nervios en esta carne contrahecha. Sentir, sentir, sentir. Y de ahí pensar. Y así decir. Y en todo eso vivir. Vivo colgada de la parte baja de la J en la palabra ojalá.
Agualumbre
Acompañada de noche y sombras hago refugio de sábanas y reviento anhelos en soledad. El luto dejó estrías en la carne y fósiles…
El adiós de siempre
Sé que te has ido y que nunca leerás esta carta que en realidad escribo para mí. ¿Por qué para mí? Para convencerme…
Vigía desertor
Siempre que estoy inmersa en la rutina busco la manera de abordar un avión para verte a ti, a todos. La urbe asfixiante…




