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Soliloquios

Por un instante fui libre, quizá demasiado libre.

Me daba el lujo de fumar dentro del agua mientras hacía ruidos con la nariz y un ejército de burbujas se concentraba en seguirme hacia las profundidades de aquella desnudez de agua helada.

El latido de mi corazón llevaba prisa, tanta, que ya casi no lo escuchaba; apenas un sonido borroso y un tímido (casi agónico) golpeteo dentro del pecho me indicaba que aún seguía vivo.

Por cada paso que daba, mi cuerpo descendía 10 centímetros, tal vez eran más, tal vez menos, pero estaba claro que el peso de mis recuerdos me estaba hundiendo.

El paisaje comenzó a ser otro, mis ojos reconocieron la sal del mar que cada vez era más espeso.

Mis otros ‘yoes’ habían quedado allá arriba como lirios acuáticos, vigilando con la mirada partida en dos, escuchando la profundidad del horizonte,

esperando la hermosa puesta del sol.

Lleguemos a un acuerdo, tú me lees, yo te escribo.

«Había noches en que todo el mundo estaba como esperando algo y yo me sentía como un nómada fracasado, de esos que van a todas partes sin llegar a ningún lado.»

Escribo «adios» sin acento para que no suene a despedida.

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