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Suerte de adivino

Magnus era un flaco apéndice de la irrelevancia, un vagabundo de las neuronas muertas, un fan del enema espiritual y un azuzador de lombrices: no era más que un hambriento perro negro que a sus cuarenta y tantos se sacudía por las calles arropado en una débil camiseta negra y un improbable bluyín, de calle en calle, de nena en nena, de bar en bar, le daba siempre dos vueltas a las esquinas antes de doblarlas y era capaz de recordar a cada persona con la que se había cruzado en la vida; presentía los accidentes automovilísticos, los episodios gastrointestinales y la sordera crónica simplemente al sentirle la voz a alguien. Jamás recordó ningún nombre distinto al propio y vivía de su extraño don.

Era un tipo alto y oloroso, olía un poco a cerveza con miseria, un poco a flor guardada, a esguince solitario pero sobretodo olía a cigarrillo y a temblor de la mano, de la mano gigante en la que tenía una pulsera percudida que tintineaba contra los vasos de whisky que se enviaba con un afán de boxeador antes de subir al ring, uno tras otro, puñetazos dorados de placer y justo después de tragar, de relajar las arrugas, de liberar el peso de los días, te miraba, te miraba fijamente con esos ojazos de viejo bucanero, sanguinolentos, barriales, pletóricos de cicatrices y oscuros destinos, te miraba y decía algo así como «maricón, te va a chocar una moto el 29 de septiembre» o «pasado mañana te va a dar diarrea» para luego, en toda su majestuosa insignificancia exigir una propina que guardaba de inmediato en su turbante.

En la poca mueca que revelaba a medias su tupidísimo bigote, en la esquina trasera de la boca, más allá del diente de oro falso y las muelas cansadas, quedó para siempre guardado un grito de sorpresa tragicómica: el terror de descubrir la propia muerte en una ironía que te jugó la puerca vida, ironía épica que le latía en la cabeza mientras miraba su propia sangre rodando entre las llantas por el pavimento y su cuerpo se relajaba soltando sonoros trompetazos anales.

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DelReal
Escritor/Ilustrador. Diseñador gráfico alma vendida, hedonista de bolsillo vacío, activista de la pereza y los vicios solitarios, nacido en tierra de nadie Santiago de Cali, prosperó en la vida alegre y fue criado en modo experimental, casi como un hámster de ritmos tropicales, con la ternura y los dientes necesarios para dar un par de puñaladas de cariño y el justo pelito afelpado de la embriaguez. Cree que el juicio es una trampa, la cerveza es una dicha y el humor confunde al tiempo; cree que el dinero es para los amigos, los genitales para el viento tibio y un vaso de licor con hielos para mantener el equilibrio en cualquier ocasión que valga la pena. Dibuja desde siempre, con disciplina de borracho -tinta y mugre- y nunca termina nada, no sabe de finales ni de principios ni de la ciencia exacta del éxito. Pero sabe caminar por ahí, encontrando compinches que han iluminado las vueltas de su vida, y le escuchan sus teorías de viejo impertinente, iconoclasta y prostático, a cambio del poco tiempo que nos queda. Amén.
Ilustrador con influencias visiblemente psicodélicas, (corriente que tiene sus orígenes en los años 60’s) y el género musical derivado de ésta, Nashi Bimek se define como un pintor con proyecto e identidad autodidacta. Considera que dichas corrientes impulsaron la necesidad de una búsqueda de identidad y la conciencia. Por ello, optó por redireccionar su atención sobre culturas prehispánicas y contemporáneas, como lo es la cultura Wixárica (huichol), con la cual retoma la forma tradicional de percibir el mundo, el entorno y su cosmogonía mediante rituales e ingestión de plantas de poder.

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