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Confianza

Uno, dos, tres pasos. Lento, muy lento. Podría gastar toda la mañana en darle una vuelta completa al patio. Descanso cada diez o quince pasos y vuelvo a comenzar y, a veces, me detengo durante mucho tiempo, pues casi olvido que estoy de pie, apoyada sobre esta andadera que desde hace más de cuatro años es la que me soporta.

Lo más complicado es levantarse, incluso con ayuda. Siento como si de repente toda la sangre se me fuera a la cabeza y los huesos se me hicieran de leche. Tanto que me gustaba la leche y ahora no puedo tomar ni de vez en cuando. De vez en cuando escucho, leo, me acuerdo qué pasó un día anterior en mi novela. De vez en cuando quiero llorar cuando me visitan y confundo los nombres de mis nietos. De vez en cuando se me olvida hacia dónde está la entrada de la casa.

Podría ser peor, me dice Chuy cada que viene o Artemio que llama cuando se acuerda de que tiene madre o se pelea con la mujer o quién sabe cuándo. A mí me da igual que vengan o que se los lleve la chingada como a mí. En realidad no me importa nada. Desde hace mucho tiempo somos mi viejo, yo y la andadera. Son ellos a los que nunca confundo, los que nunca olvido, los que caminan por mí. En ellos creo y son quienes tienen mi confianza.

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Jorge Rubio
Escritor. Editor y librólogo de lunes a domingo, trabajo desde el balconcito de mi casa, al lado de las dueñas de mis quincenas. Escucho música todo el día y como a mis horas. No me gustan las mascotas que puedan dejar pelos.
Escritor/Ilustrador. Diseñador gráfico alma vendida, hedonista de bolsillo vacío, activista de la pereza y los vicios solitarios, nacido en tierra de nadie Santiago de Cali, prosperó en la vida alegre y fue criado en modo experimental, casi como un hámster de ritmos tropicales, con la ternura y los dientes necesarios para dar un par de puñaladas de cariño y el justo pelito afelpado de la embriaguez. Cree que el juicio es una trampa, la cerveza es una dicha y el humor confunde al tiempo; cree que el dinero es para los amigos, los genitales para el viento tibio y un vaso de licor con hielos para mantener el equilibrio en cualquier ocasión que valga la pena. Dibuja desde siempre, con disciplina de borracho -tinta y mugre- y nunca termina nada, no sabe de finales ni de principios ni de la ciencia exacta del éxito. Pero sabe caminar por ahí, encontrando compinches que han iluminado las vueltas de su vida, y le escuchan sus teorías de viejo impertinente, iconoclasta y prostático, a cambio del poco tiempo que nos queda. Amén.

No pares, ¡sigue leyendo!

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