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El dios de la cueva

Me invitó al camerino. «¿Du yu guana guet jai?», ji sed luego de arremangarse la camisa satinada y negra y de enjuagarse el sudor y pasarse una toalla por el cabello y la cara.

Sonreí. Le dije —al tiempo que mordisqueaba con mis dientes mi anular izquierdo— que aim in valium ol redi, que aid lob to dai intu yor arms, beibi, bot not tunait, Nick, lets meic a plan.

End den ji smaild.

 

En una vida anterior fui encargada de un videoclub en Ciudad Juárez, actriz de teatro: bolero, ángel, diabla, preciosa ridícula, cantante, abogada, mujer fatal, vividora, loca, desahuciada, princesa, bruja, rata bailarina, niña, niño, tortuga, anciana…; modelo, ayudante de un mago y faquir, vendedora de amuletos cósmicos en ferias del pueblo, vendedora de tiempos compartidos, asistente de un psiquiatra bebedor, mesera con escote amplio, telefonista de call-center, paseadora de perros, guionista, correctora de estilo, redactora publicitaria y estratega de contenidos web. Ahora vivo reencarnada en mí.

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