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El mes equivocado

A Sylvia Plath

Le escribiste a la muerte en el mes equivocado. A lo mejor cerraste los ojos para distraerte con la velocidad de las nubes. Era invierno, no verano, aunque la naturaleza, incluso en casa, tenía cierta violencia. Quizás, cuando el gas comenzó a salir del horno, pensaste que el sol estaba en pleno cenit porque todo arde bajo su mandato: los ojos, la piel, las heridas y las amapolas –o pequeñas llamas infernales, como las nombraste–.

Las flores no se desangran. El fuego de sus pétalos es inocuo. Tus dedos podrían haber tocado sus faldas ensangrentadas sin quemarse aunque no te habrían aliviado, no como tú esperabas.

Y tu vida, como un cristal.

El gas te arrojó una luz que no era del sol sobre un campo de flores.

Los niños sollozaban en su cuarto.

Era febrero, no julio.

Las amapolas no florecen durante el invierno.

Escritora. Cafeinómana, observadora, insomne. De ser trapecista caminaría todo el tiempo por las orillas.

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Carta hallada en el domicilio Real Jardín, número 14, Puebla de los Ángeles

Pena

Me apena mucho dirigirme a usted por medio de esta carta, esta declaración que nace de la necesidad de contarle lo que siento. Yo, que poco sé de cómo hablarle a una mujer de su condición, tan elegante y fina pero principalmente tan hermosa. Sé que en el momento en que reciba estas palabras, sentirá que de nada valen los intentos que desde el mes de mayo he realizado para poder platicar con usted. Pensará también que aquella tarde junto al portón de Morelos nada representó para mí y que mi vida ha sido la misma. Y no la culpo, pues mi cobardía de buscar los medios para acercarme a usted muestran indiferencia y no son dignos de un hombre.

La gran impostura

Espíritu

No me gusta reír. No le veo la gracia a nada de lo que ocurre por aquí. Ni siquiera la ingenua estulticia de…

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