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Escala

Tiene 34 años y trabaja en casa. Casi nunca sale más que al súper a una cuadra, o para alguna cita porque el cliente necesita verlo.

Hoy estaba en una reunión y volvió más temprano de lo que pensaba. Camino a la casa se detuvo frente a un bar al que nunca había entrado. Miró el reloj, vio el cartel de cerveza junto a la puerta y entró.

Pidió una cerveza en la barra y se sentó en una de esas mesas miniatura para dos, de esas que ponen para llenar espacio. Empezó a sonar un blues: «All that matters now» de Ben Harper y Charlie Musselwhite, para ser exactos. Empezó a hundirse en lo que cree que es una armónica y los segundos se fueron haciendo lentos. El tiempo bajó de revoluciones y notó cómo su piel se alargaba. Los párpados se cayeron, las canas fueron serpenteando por su pelo, la cabeza apoyada en la mano se hizo pesada y los vellos de las orejas y la nariz le hicieron cosquillas.

Se volvió viejo, muy viejo. Entre las costillas el peso del tiempo creó un pequeño agujero negro. Las pupilas turbias no enfocaban ningún punto en la pared frente a él. Sus manos llenas de pliegues le hacían sentir como si estuviera bajo el agua. La música se hizo más opaca y gutural.

El tiempo finalmente se detuvo y comprendió que había respirado el último aliento. Con todo inmóvil a su alrededor, la muerte le regaló un abrazo y murió con ella unos cuantos siglos.

Después pidió otra cerveza.

Tras ganar su primer premio en efectivo, cambiarlo por brandy y cerveza y beberlos con sus rivales, descubrió su pasión por las letras y que la sopa en realidad sí es un buen alimento ...

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