Tengo encima de mí a esta mujer increíble. Mueve su cadera suavemente al ritmo que desea con la intención de hacerme terminar. Parte del contrato. Desnuda, es hermosa, más de lo que su atuendo prometía. El vestido, escotado en la espalda y abierto desde la cadera hasta el piso en ambos costados, trataba de distraer de una belleza distinta, más discreta, que brilla en sus ojos en forma de tristeza. Tengo una debilidad por las mujeres melancólicas e inaccesibles, no porque me interese rescatarlas de nada, sino porque pueden olvidarme fácilmente. Me gusta pasar inadvertido, ser un observador, incluso mientras estoy dentro de ella. Qué desprecio debemos sentir por el mundo y por nosotros mismos, aquí, enganchados en un placer pasajero, pasando el tiempo convenido sin hacernos preguntas, sin curiosidad alguna por el otro. Debajo del vestido, un brasier de raso sostenía sus pechos redondos y blancos como dos lunas firmes. Ahora se sacuden de arriba a abajo, desorbitadas, pero ella no cambia, su mirada es la misma: evidentemente, esta mujer no se encuentra en la habitación. Qué manera de desperdiciar su dinero.
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