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Este lado hacia arriba

Cuando traes unas tijeras en las manos no queda nada más por hacer que recortar. Yo ando buscando la línea punteada. Encontré los círculos dónde poner los ojos y el interruptor de la luz que entre un click y otro me lleva de adentro a afuera. Yo ya tenía brazos para sostener las manos para sostener las tijeras y cortar, si no los tuviera no podría tener tijeras tampoco.

Sigo el rastro punteado y a veces no sé si soy una caja de Kleeneex porque esto tiene muchos lados y muchos vértices. Pensé que de ser una esfera tendría más curvas: parece que soy una cajita de pañuelos.

Estoy de pronto con una pata y con un cuerpo. Sigo pensando en forma rectangular; me doy cuenta de que cada uno de mis lados se une con una pestaña a otro. He de tener muchos ojos para tantas pestañas y tantas uniones y tantos lados separados que se unen con las pestañas de los ojos.

La línea punteada me lleva hacia arriba, me lleva abajo, y en el revés del cartón descubro una piel hecha de los cortecitos de las tijeras y de las rebabas del cartón. Las virutas se enroscan sobre la línea punteada y me dicen qué más cortar. ¡Ahí está la boca! Los rulitos se amontonan y a gritos se escapan por los huecos para los ojos: ¡corren!

Te dije que tenía manos. Ahí también tenía el hilo de la aguja. Me lleva a arriba, me lleva abajo.

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Escritora. Mar de nervios en esta carne contrahecha. Sentir, sentir, sentir. Y de ahí pensar. Y así decir. Y en todo eso vivir. Vivo colgada de la parte baja de la J en la palabra ojalá.
Ilustradora. Experta en llegar a casa sin dobladillo, hacerla de pepenador y mantener todo en absoluto desorden. “La Muñeca” (mote familiar que ganó al nacer por su tamaño convenientemente particular), se inclina por las artes gracias a los monos de perfil con grandes narices de su padre y a la famosa “libreta roja” de recortes y canciones su madre. Su incapacidad de recrear lo real nace a partir del “Alacrán, cran, cran” cuando, en lugar de una imagen, su madre pega uno real… Hace ilustraciones para revistas, libros para niños y de vez en cuando una que otra escultura con chicle o tela.
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—¡Mein Gott!—me decía— ¡Mein Gott! ¡Qué desagradable mujer! Ah, pero cómo la amaba. Nada me hacía más feliz que saber que no sería…

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