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Estuario

—No apagues la luz —dice.

Teme mirarse en el espejo de la noche. Presiente que el ojo de su deseo borrará su rostro. La fuerza del agua acabará con su historia. El reflejo no tocará más la superficie ya conocida y repetida en infinitas narraciones que ha hecho de sí misma. Si decide que la noche se adueñe de sus ojos, la luz no jugará más con ese cuerpo de agua. Va a despertar en la profundidad de un sueño, sin forma. Ese es su dilema: ser presa o volverse río.

Y se vierte en mí… con sus ojos, pero a la distancia. Yo goteo en ella, torpemente, con mi paladar de sonidos.

—¿Por qué? Si no, no puedo verte.

Las manos, impacientes, no quieren hacer violencia al secreto y no saben qué llave levará los diques de las aguas que podrían rendirnos.

 

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Escritor. Sirocco es una agitación, un temblor, viene del desierto y de la mar. Susurra su camino al oído de la arena, allí deja su huella y presagia vida, pues en su camino respira el agua y le regala oleaje. Sirocco es movimiento, grito del silencio, fértil aridez que acoge las voces de todo, animado con su aliento. Así la tinta, como Sirocco en la arena, deja rastro. Sirocco un viento marino que escribe en el papel de las aguas, revela los trazos de la vitalidad, esa sorpresa del ojo ante el resplandor del rayo que penetra la espesura de la tormenta de arena; recuerda que hay que respirar, detenerse, ver y sentir, para seguir… Con la tinta, el barco ancla, se detiene en la mar, y llega a la luz el fondo; a veces, el surco sacude como un temblor y con la fuerza de un naufragio lleva a profundidades oscuras, donde habitan desconocidos seres marinos, terribles e inmemoriales. Sirocco es un nombre para la escritura de agua y arena, un nombre para ese rumor de trazos, en el sendero de la ventisca; Ella es un modo de conciencia, un caudal de sensación que se hace imagen. Por Él, ese viento del desierto, la arena se humedece de sal y la tierra transfigura semillas: magia alquímica, de metamorfosis y transmutaciones.
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