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Fetiches de inocencia

Los vio llegar desde su cuarto.
Se bajaron de un automóvil deportivo y tocaron la puerta.
No se quitaron las gafas oscuras hasta que ella se los pidió.
Le dijeron ser los conductores de un programa de televisión sobre trastornos obsesivos y le explicaron que un familiar muy cercano a ella los contactó en un acto de manifiesta preocupación.

“Nos informó que desde los cuatro años usted no puede conciliar el sueño sin un oso de peluche. Que es una persona solitaria. Que se perdió su baile de graduación por no aceptar ir con una pareja. Que rehúye del sexo masculino. Que pasea a diario, con diferentes osos en una carriola. ¿Cree usted que tiene un comportamiento normal? ¿Padece algún deseo sexual hacia estos juguetes?”.

La tomaron por sorpresa, eso fue innegable, a ella y a los años acumulados en el relleno suave de cada uno de los osos coleccionados. Tampoco pasó por alto el gesto de uno de los conductores cuando se sentó en la estancia y miró con desdén a Teddy, el oso que estaba frente a él. Sin duda, también despreció a Bobby, la pequeña nueva adquisición de la tienda Build a bear.

“¿Deseo sexual?, no, eso se los dejo a ustedes. Así he decidido alimentar al silencio, con cosas inanimadas” –les respondió mientras tomaba asiento.

“Deberían hablar con mi madre, el familiar cercano que los contactó como yo creo. Ella podría explicarles cómo es posible vivir con la negación como si se tratara de un objeto de felpa”.

Los conductores respondieron algo que ella ignoró pues ya había sustituido sus cabezas por las de dos osos gigantes: uno pardo y otro azul. Las palabras jamás serían sinceras si provenían de un hombre.

Todos guardaban la verdad de las intenciones.

Su padre se lo enseñó.

Escritora. Cafeinómana, observadora, insomne. De ser trapecista caminaría todo el tiempo por las orillas.

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