Dejó de llorar cuando le quedaban doce lágrimas para secarse por completo. Días después de ver como moría cada uno de sus recuerdos, (por dentro y por fuera), quitó de la casa todos los espejos, todas las superficies donde pudiera reflejarse. Decidió esperar a que su cuerpo se desintegrara por completo. Por eso no comía. Por eso no dormía. Sus párpados se volvieron transparentes, podía mirar a través de ellos cuando por algo sus ojos se cerraban. Cada lágrima fue a parar a un recipiente donde también guardaba las palabras que no decía. Llena de días, (pero sobre todo de noches), estaba su taza. La revolvió con argumentos, moviéndolos fuerte y logrando una sustancia espesa. Si mirabas hacia el fondo, a través del mar, podía verse una casa. Contó 11 lunas, y echó a la taza una lágrima por cada una de ellas. A la número 12 cayeron hasta el fondo las palabras de despedida que él nunca le dijo. Escribió todo en un papel de carta, exactamente como a ella le gustaría, lo dobló como barco y lo echó a andar. En el fondo una pequeña llama ardía, mojando los momentos de saliva y brasas. Entibió el caldo de pasado y decidió beberlo todo, sin respiro. Lo tomó de un sorbo: las lágrimas volvieron a ser lágrimas y Luisa murió de recuerdos.
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