En mi breve catálogo de sueños existe uno en especial que me trae malos recuerdos. En él, contesto un viejo teléfono que tiré a la basura hace más de diez años para encontrar del otro lado la voz lejana y mecánica de mi padre que me dice que me ama, frase que se vuelve horrible dicha con esa tesitura inexpresiva tan suya. (Supongo que esa personificación de su voz se debe a que está muerto desde hace tiempo). En ediciones posteriores de este sueño, tiene que contestar otra persona, puesto que yo me rehúso a escuchar esa mentira una vez más: algunas veces es uno de mis hermanos; otras, cuando caigo en cuenta de que estoy dentro de este sueño ya tengo el auricular en la mano y escucho reiteradamente “te amo, quiero que lo sepas”. Sin embargo, en las apariciones más recientes de este escenario por fin he logrado dejar que suene ininterrumpidamente por largas horas el teléfono. Veo cómo se sacude y escucho rebotar su sonido por toda la casa, mientras quien sea que me acompañe me pregunta si no pienso contestar, porque sabe que es para mí, y que soy yo, disfrazado de mi padre.
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