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La dama que espía

Déjame mirar por la ventana y espiarte cuando, a tientas, pasas junto a la mesita de noche y encuentras tu cajetilla de cigarros para encender uno en la oscuridad y con ayuda de la flama que sale del mechero ver tu perfil ligeramente iluminado. Cómo tus ojos brillan.

Regálame un boleto hasta tu puerta, ahí juntito al timbre, por la chapa, para que pueda mirar por el cerrojo y admirar toda tu belleza.

No es necesario que me invites a pasar, puedo hacer escala en el descanso y sentarme a escuchar cómo tecleas en la computadora y susurrando le platicas a la taza lo próximo que harás.

Luego te veo caminar hacia la cocina para dejar los platos de la cena y en tu vaso, ese rojo que me gusta tanto, servirte la leche que te acompaña hasta que apagas la tele antes de dormir.

Regálame, después, un viaje hasta tu cama, aunque no pueda dormir. Déjame ver cómo escondes tu cabeza entre la almohada, mientras yo te cubro con las sábanas y me imagino que sabes que estoy ahí y te gusta. No me pides que me quede, pero te acurrucas para estar más cerca.

Aún no entiendo qué es lo que dices ni por qué hablas mientras sueñas, pero a veces creo que hablas de tu vida y que me la estás contando. Me pides que te lleve, aunque todavía no es tiempo para ti.

Está por salir el sol y no me quedo. Me voy a hurtadillas de tu cuarto y, como todas las mañanas, dejo una nota en el pretil de la ventana, para que sepas que estuve ahí, cuidándote:

“Cada noche que paso contigo es como entrar al paraíso. Tú no me conoces, pero sabes quién soy, si quieres conocerme sólo tienes que buscar debajo de tu cama. No necesito llave, sé perfectamente cómo entrar y no tengas miedo, no como ni muerdo, sólo estoy enamorada de ti”.

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Escritora. Bruja de oficio, cocinera de palabras por accidente. Cambio de color todo el tiempo porque no me gusta el gris, un poco sí el negro, pero nada como un puñado de crayolas para ponerle matiz al papel. A veces escribo porque no sé cómo más decir las cosas, a veces pinto porque no sé como escribir lo que estoy pensando, pero siempre o casi siempre me visto de algún modo especial para despistar al enemigo. Me gusta hablar y aunque no me gusta mucho la gente, siempre encuentro algún modo de pasar bien el tiempo rodeada de toda clase de especies. El trabajo me apasiona, los lápices de madera No. 2 también; conocer lugares me fascina y comer rico me pone muy feliz. Vivo de las palabras, del Internet y de levantarme todas las mañanas para seguir una rutina que espero algún día pueda romper para irme a vivir a la playa, tomar bloody marys con sombrillita y ponerme al sol hasta que me arda la conciencia. Por el momento vivo enamorada y no conozco otro lugar mejor. El latte caliente, una caja de camellos, una coca cola fría por la tarde, si se puede coca cola todo el día, y un beso antes de dormir son mi receta favorita para sonreír cuando incluso el color más brillante se ve gris. La Avinchuela mágica.
Ilustradora. Soy un pedazo de circunstancia mutante.
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Carta hallada en el domicilio Real Jardín, número 14, Puebla de los Ángeles

Pena
Me apena mucho dirigirme a usted por medio de esta carta, esta declaración que nace de la necesidad de contarle lo que siento. Yo, que poco sé de cómo hablarle a una mujer de su condición, tan elegante y fina pero principalmente tan hermosa. Sé que en el momento en que reciba estas palabras, sentirá que de nada valen los intentos que desde el mes de mayo he realizado para poder platicar con usted. Pensará también que aquella tarde junto al portón de Morelos nada representó para mí y que mi vida ha sido la misma. Y no la culpo, pues mi cobardía de buscar los medios para acercarme a usted muestran indiferencia y no son dignos de un hombre.

El niño de la mochila naranja

Obstáculo

Creció en una hermosa y atenta familia de clase media. Nunca le faltó nada y sus padres se esforzaron para que disfrutara cada…

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