Se detuvo junto a la ventana de mi carro sólo para recitarme un poema. Así, sin conocerme siquiera, empezó a hablar sobre una rana que abría las piernas y daba un salto para salir del universo. Esas palabras que no las hizo para mí, durante todos los segundos que estuvo hablando, fueron mías. Un gesto de dulzura que pasa a veces en la ciudad y él sin saber la falta que me hacía. Quise ser la rana y escaparme por la ventana. Brincotear en el aire siguiendo unas palabras prestadas hasta que se terminaran. No había nada más por hacer que bajar el vidrio, escucharlo e irnos, cada uno con su paso a lo que sea que fuera la tarde ese día. Con la escases de amabilidad que cargo encima, la rana saltando a piernas abiertas… Le di las gracias. Obedecí al semáforo y avancé, sin preguntar si él necesitaba alguna cosa, si quería algo a cambio de las palabras. Me fui en deuda con un extraño que se me cruzó en el camino a casa.
Ruth Brenes
Escritora. Mar de nervios en esta carne contrahecha. Sentir, sentir, sentir. Y de ahí pensar. Y así decir. Y en todo eso vivir. Vivo colgada de la parte baja de la J en la palabra ojalá.
Sus ojos. Un filo.
Cambio la página. El filo de la hoja me corta. No hay sangre, pero la abertura está hecha. Una punzada. ¿Qué libro era…
Descifrar la niebla.
Poco quedaba por hacer, la ciudad era una ruina que dejaba testimonio de un esplendor lacerado. Sus habitantes preferían aquellos despojos de adobes,…
Rompecabezas
Tenía el sol y el caracol mordiéndole la oreja, el pecho amable para recibir mi peso. Su cintura escapular era la tregua para…




