Se detuvo junto a la ventana de mi carro sólo para recitarme un poema. Así, sin conocerme siquiera, empezó a hablar sobre una rana que abría las piernas y daba un salto para salir del universo. Esas palabras que no las hizo para mí, durante todos los segundos que estuvo hablando, fueron mías. Un gesto de dulzura que pasa a veces en la ciudad y él sin saber la falta que me hacía. Quise ser la rana y escaparme por la ventana. Brincotear en el aire siguiendo unas palabras prestadas hasta que se terminaran. No había nada más por hacer que bajar el vidrio, escucharlo e irnos, cada uno con su paso a lo que sea que fuera la tarde ese día. Con la escases de amabilidad que cargo encima, la rana saltando a piernas abiertas… Le di las gracias. Obedecí al semáforo y avancé, sin preguntar si él necesitaba alguna cosa, si quería algo a cambio de las palabras. Me fui en deuda con un extraño que se me cruzó en el camino a casa.
No pares, ¡sigue leyendo!
Mi A.U.
En las tonalidades de la noche se alcanzaban a distinguir los movimientos de su cola. Trataba de llegar a esos pasos que sus…
Ven a cenar, querida
Ahora es vieja. Los errores apilados en la piel le surcan cada recuerdo. Cada memoria está plagada de ese tiempo marchito que no…




