Los miraba como la primera vez. Había vuelto y con el festejo querían celebrarme, halagar esta estúpida agonía de no estar de la que nada entendían. ¿Qué sabían ellos de extrañar, de soñar con una noche en la sala de la casa?
El abrazo de mi madre era un acto nuevo. Miró mi rostro mientras me acariciaba el cabello y luego me rodeó con sus brazos raquíticos, apretó la espalda y me estrujó como si en ese momento cupiera el significado de nuestras vidas. Ella entendía la distancia, también a ella le dolía.
Tuve ganas de llorar pero las lágrimas no salían. Me acostumbré a calmar la ansiedad, ahogarla en el fondo de la garganta; a olvidar el dolor y hasta a desprenderme de los afectos más primitivos; ningún sentido tiene el amor en la distancia y es que nadie en realidad nos pertenece.
Quería mandarlos a todos a la mierda, pero mi rostro tenía una sonrisa sin significado. Odiaba su maldita libertad, su espera pútrida y mi cautiverio de siete meses vendado y sin mirar, atado a esa silla y aprendiendo a cagarme encima, a tragarme la impotencia, a no extrañarlos más. A ansiar que esos perros me mataran de una buena vez, que se tragaran el rescate y me mataran.
Pero decidieron en cambio dejarme ayer en medio de la plaza. Y hoy mi gente celebra esta nueva libertad; “nueva oportunidad”, le dicen. No saben nada. Subo las escaleras, llego al cuarto y me encierro. Que celebren ellos, para mí no queda nada.