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Lo que ocurre en los altos

La misma angustia en los globos oculares del día anterior y de hacía unas semanas y de hacía más de un año. Qué podrían saber los demás cuando halagaban la curva extendida en su boca al saludar.

La luz en rojo.

En el transcurso del día alguien le había dicho que no creía en su talante largo.

La luz continuaba en rojo.

Las sonrisas de cortesía tendían a ser confundidas con síntomas equívocos de felicidad.

Y los coches seguían llegando y la luz no cambiaba a verde y los claxons y los parajes oscuros y el conductor que le dio un recargón en la defensa trasera cuando no midió el espacio que había entre los dos vehículos. Cuando estuvo en el otro carril enfrentó la molestia de ventanilla a ventanilla y huyó en cuanto avanzaron los demás.

El incidente despertó al basilisco que blandió su cresta inhumana y le hizo alcanzar al conductor prófugo en el siguiente alto.

Tenía todo para devolverle el golpe en la defensa pero aún le quedaba algo de dominio. Se limitó a intimidarlo con frenados secos a 2 cm de distancia entre molduras. Cuando el semáforo cambió a verde, se presentó: el cúmulo de la furia un segundo antes del estallido. Entonces dobló en la calle más cercana y respiró para calmar al demonio, pero este le obligó a estacionarse en el momento en que poseyó a su cuerpo para hacerlo temblar. Se imaginó en una alberca. Los gritos no se escucharían debajo del agua. Fue cuando llegó a lo más bajo de la opresión: racionalizó la tristeza. Pensó que todo se reducía a una deficiencia de la serotonina y regresó la angustia a los globos oculares.

Ahí es donde debía quedarse mientras siguiera conduciendo.

Escritora. Cafeinómana, observadora, insomne. De ser trapecista caminaría todo el tiempo por las orillas.

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