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Los hombres del traje negro

Sin ser costumbre mía, hoy abro los ojos en horas que para mí huelen todavía a madrugada. Aún sin saber que hacer, elijo abrir la ventana de mi habitación y mirar un poco desde aquí arriba.

Por la calle van pasando hombres de dudosa importancia. Caminan con una vertiginosa inercia y tropiezan continuamente con la punta de sus frías corbatas; la única manera de hacer un poco más interesantes esos trozos de tela sería colgándolos de algún árbol, con todo y cuerpo. Tal vez de esa forma quedarían aniquilados los pensamientos dormidos de esos descoloridos personajes.

Es una verdadera lástima verlos a todos vestidos de negro. Me recuerdan más bien a una caravana fúnebre que lamenta haber abandonado el sueño para conseguir unas monedas.

Me pregunto, ¿cómo se verían todos de blanco? Finalmente no habría mucha diferencia. Aquello parecería una aburrida fiesta de un hospital psiquiátrico, con los cerebros anestesiados y los corazones conservados en formol, por si acaso, como si  de verdad fueran a necesitarlos.

Y los niños. Esos van por allá un poco más alegres, aunque no distingo muy bien quién es quién, por aquello de los uniformes.

Ellos entran sonriendo al colegio, todos muy amigos y, en el patio, antes de que suene la chicharra, ya están todos bien formados, alineados y clasificados por edades y tamaños, como ciertos rebaños.

Guardan silencio sin saber por qué y toman su respectiva distancia uno del otro, matando así los abrazos, y de esa manera uno de los hombres de corbata puede distinguir al que sonríe y advertirle de su mala conducta que con el tiempo pasa a convertirse en un sello de mediocridad.

Se escucha entonces una señal y cada grupo entra marchando a una sala cuadrada llena de sillas y pupitres tan cómodos como una piedra, donde los pequeños permanecerán sentados la mitad del día y, me atrevo a decir, de su corta vida, escuchando con atención las sabias palabras de los hombres del traje negro que tropiezan con sus corbatas todos los días.

Yo me alejo entonces de la ventana, preparo mi café y empiezo el día.

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Lleguemos a un acuerdo, tú me lees, yo te escribo. «Había noches en que todo el mundo estaba como esperando algo y yo me sentía como un nómada fracasado, de esos que van a todas partes sin llegar a ningún lado.» Escribo «adios» sin acento para que no suene a despedida.
Ilustradora. Silvana Ávila, aka Miss Tutsi Pop, no es una cosa ni una categoría, al parecer es un verbo, un proceso en evolución, una función integral del universo.
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Me apena mucho dirigirme a usted por medio de esta carta, esta declaración que nace de la necesidad de contarle lo que siento. Yo, que poco sé de cómo hablarle a una mujer de su condición, tan elegante y fina pero principalmente tan hermosa. Sé que en el momento en que reciba estas palabras, sentirá que de nada valen los intentos que desde el mes de mayo he realizado para poder platicar con usted. Pensará también que aquella tarde junto al portón de Morelos nada representó para mí y que mi vida ha sido la misma. Y no la culpo, pues mi cobardía de buscar los medios para acercarme a usted muestran indiferencia y no son dignos de un hombre.
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