Skip to content

Mein Gott

—¡Mein Gott!—me decía— ¡Mein Gott!

¡Qué desagradable mujer! Ah, pero cómo la amaba. Nada me hacía más feliz que saber que no sería de nadie más sino mía. Su pedantería y fantochez, su rictus infranqueable, el inconfundible aroma de sus perfumes baratos. Todo aquello que cualquiera repudiaría combinado en una única y solitaria mujer que Dios había puesto delante de mí para mi disfrute. Todo aquello y más. Y por si no bastaran su terrible apariencia y personalidad, mi mujer se creía alemana, y a la menor provocación arrojaba las únicas dos palabras germánicas que conocía:

—¡Mein Gott! ¡Mein Gott!

Lo dijo cuando nos conocimos:

—¡Mein Gott! Mucho gusto.

Y lo dijo la primera vez que hicimos el amor:

—¡Mein Gott! Tengo que irme.

Su carácter era una especie de aceite espeso que engrasaba la maquinaria de mi pecho: un aceite pesado, denso, capaz de soportar el calor de mi deseo por ella.

Texto de Ulises Granados

Ilustración de Enrique Cedillo

Primero fue El texto
Tema: Grasa

Texto de Ulises Granados

Ilustración de Enrique Cedillo

Primero fue El texto
Tema: Grasa
La máquina del sí
Crema de estrellas
Crema de estrellas

Más shots de

Grasa