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Si lo sabes acomodar

En esta torre está tu abuela, tejiendo todavía esa bufanda que te prometió cuando tenías cuatro años y que ya de tan larga podría pender del techo de la casa y alcanzar el jardín allá abajo (¿lo ves?, porque yo no). Y acá la tía Erlinda, mírala con la tacita de té de manzanilla frío: tan atenta como siempre desde su ventana al reloj y la llegada de los vecinos, y las vecinas, y las hijas de doña Rosaura (malas muchachas, dice, pero a todos nos parecen encantadoras).

Mira al tío Pedro cruzando el umbral del hotel con esa señorita que conoció cuando vendía cangrejos enlatados de puerta en puerta. Desde tan lejos se la trajo, él tan solo y tan alegre, y de pronto Azucena le abre la puerta y le sonríe el mundo. Y una hora después, Blanca y Norma y Claudia y Elena cruzan ese mismo umbral, acompañadas por no nos importa quién, dispuestas a disfrutarse sin que les importen los chismes que gorgorean las gaviotas.

Y don Arnulfo desde el mostrador de su tienda, la Salaminia, tomando el pedido de la semana de don Mateo, el zapatero: dos kilos de hortensias, seis costales de manzanas, tres galones de naranja y un vaso de clavos. Y un martillo nuevo.

¿Viste a Griselda, tan linda ella recorriendo las calles con su vestido azul y esa cinta púrpura que le regalaste en los cabellos, y esa risa de carcajada cantada en un barril, oronda y con el paso tan firme que ya rompió tres veces la banqueta?

Todos ellos, todos con sus encantos silvestres y recónditos, con sus gritos calladitos para que nadie los busque cuando cierran la puerta y sus rencores blandos que no salen a pasear con ellos. Todos caben en la taza si sabes dejar fuera los pedazos de su vida que no te importan.

Escritor. Lugar común: perfil obsesivo compulsivo, pero es cierto y útil en producción editorial. Editor, traductor, corrector de estilo.

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