El Tejedor de Almas era un ángel demasiado alto, poco luminoso, translúcido, de mirada vaga aunque de dedos precisos. No las hacía en serie, después de todo en la eternidad el tiempo no pasaba muy rápido, podía tardar miles de años en perfeccionar una, colocar el hilo correcto en posición, unirlo al de otra u otras por medio de hilitos rojos de esos tan famosos. Los ángeles de Sal iban y le pedían mejores resultados, más productividad, y los de Hierro generalmente se exasperaban esperando la entrega de un envío por horas, días, años, siglos, milenios, aunque como he comentado, eso era relativo. Pero él nunca cedía a las presiones. «A esta le hace falta un tono un poco más melancólico, no he terminado un desastre amoroso que tendrá aquella a los quince años, este es un verdadero bastardo, pero si se lo llevan ahora no será tan asertivo, ah, y aquel otro, aquel otro tendrá unos ojos capaces de vernos, ya llevo milenios trabajando en ella, es una de esas almas viejas». Y en realidad nadie podía quejarse mucho de su trabajo, luego sólo la insertaban en el tiempo correcto.
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