Clara abre la puerta y ve a su abuela en el piano tocando a Agustín Lara y a sus tías cantando alrededor. Ve la mesa que en realidad son dos mesas llena de tíos y primos jugando varias partidas de dominó a la vez. Ve el patio: los charcos, las cuerdas, los hermanos y amigos corriendo, bajando guayabas, jugando fútbol y saltando lazo. Ve la esquina oculta y la lavadora que esconde sus primeros cigarros; ve el mitad asiento mitad columpio donde tanto ella, como luego su hija, cae dormida cuando la tarde es fresca. Sube las escaleras y se asoma a la ventana. Ve un par de pretendientes que pasan por la calle esperando que ella se asome, o que le chiflan para que lo haga. Ve los libreros, la colección de 30 años de la National Geographic, las fotografías de casi 100 personas de apellidos compartidos. Ve sus propios vestidos, sus rodillas raspadas, sus patines arruinados y suspira una que otra cachetada. Escucha el bullicio de una familia numerosa y respira el olor de la fábrica de pepinillos vecina. Clara camina sobre las baldosas rayadas por zapatos, chanclas, tacones y tenis de todas las tallas. Acaricia las paredes atiborradas de objetos y hermanas del polvo. Clara abre la puerta y la cierra detrás de ella. Sin darse la vuelta siente por última vez esa casa vacía, tan llena de todo.
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