Skip to content

Aquella población

En los pliegues de la montaña se extiende un conjunto de construcciones, ladrillos y baldosas color carbón. Si se recorren sus caminos, sus subidas y bajadas, sus desniveles y sus curvas abruptas, se siente el viento doblar en las esquinas y su lampo invisible —es decir, el chiflido que a su paso deja— es abrasador.

Casi al centro de aquél lugar se encuentra un rectángulo delineado y contenido únicamente por los restos de los coches que se encuentran calcinados a su alrededor. En medio de la explanada se levanta un monumento. Es la figura de un joven que monta un caballo de crin verduzca y de cabeza y cuello azafranados. Lo que se adivina la montura es realmente una masa de metal fundido. Sobre la supuesta grupa del animal descansa una paloma que oculta el pico entre sus alas sucias. Más abajo, a la altura de las ancas se divisan algunas manchas grises. Es el guano de las aves que alguna vez sobrevolaron la escultura.

Encima del animal se encuentra un joven herrumbroso que parece mirar más allá de las construcciones y de los caminos, pero sobre todo, más allá del cerro que sostiene una cruz que en esos momentos tapa el sol mientras amanece.

La sombra de la estatua se desliza con precisión aritmética sobre un hombre mayor que se tapa las orejas como si el bullicio de la soledad y del silencio le abrumaran. Son las siete de la mañana y ni un alma —como se dice— recorre las calles. Únicamente flotan pavesas y trozos incandescentes.

Él es el fundador de aquella población. Él es el molde de la figura que monta a caballo pero también el causante del incendio en el que una sociedad entera desapareció.

Escritora. Participa con sus letras en el proyecto Deletéreo.

Anterior
Siguiente

No pares, ¡sigue leyendo!

El ánimo ciego

Ansiedad

Una cara, todas las caras. Como si todos los días te toparas con caras de asiáticos: las mismas facciones, diferentes ficciones. Los dientes…

No está en las manos

Futuro

Recuerdo bien una noche en especial que no podía dormir. Tenía un malestar en las piernas que no me dejaba dormir. Al día…

Sin título

Vergüenza

Vacía la palabra queda Un cráneo de hojas envueltas flota La cruz de hielo de lo que siempre dijimos No quiero ser enterrado…

Volver arriba