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Cartas de un navegante

El tornado me trajo herido en el otoño, dorado como el eclipse más adolescente.

Crecía por las copas de los árboles y me deformaba. A veces, creía en la muerte que tienen los cerros cuando el frío los apacienta. Creía en la prostituta que mira tiernamente al borracho como a un niño muerto que es llevado por las hormigas.

Había decidido inventar nuevas rutas y el sol había decidido ser mi dios. Al ocaso, gozaba de introducir mis dedos en su costado ebrio, donde el gusano de su misericordia me perdonaba todas las cruces como al viento del Norte.

El portador de luz me hizo su huésped sin cabeza. En el rincón extendí mis brazos mordiendo los pezones de la oscuridad.

Invoqué a mis antiguas amistades para nuevas aventuras en la sombra, pero eran monstruos gástricos y ahogaron todas mis palomas.

Se habían inventado un dios de mí. Cuando intenté tocarlo con mis dedos de niña, el monstruo más bello había brotado en mi jardín; el más pequeño se había puesto la yunta de la primavera.

En la órbita de la hermosura y la frescura, el huevo producía su propia sangre, su primitivo corazón y sus primitivas branquias y su primitiva leche. Las aves incubaron entonces las canciones más alegres para el verano.

Al entrar la noche, la garganta del ángel nos regaló un racimo de frutas mágicas.

Excrementos y hortalizas se formaron de mis alas negras; era feliz.

Muchos nuevos monstruos, numerosas flores, juventud y aire. Nuestra enfermedad austral nos dejaba nuevas manchas blancas donde nos tocaba el sol como señal del movimiento. El solsticio humeó las alas de la mosca. Para el invierno ya no pudimos viajar.

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Cristian Celis
Me enseñaron a escribir y a contar desde los tres años con ayuda de naipes, corcholatas de colores y revistas de ciencia. Mi televisión (de esas grandotas de madera ) no se veía, así que tenía que imaginarme lo que sucedía adentro, ¡oh imaginación! La poesía es como un sol, adentro, único y salvado: respirar de sus manos amigas, como de pájaros azules que se vuelan por el cráneo, pisar el pasto seco y el aroma acuarela de los mercados, decir con sus jaulas las negras olas desnudas que me toman por el brazo; el sol ondula por encima, como un pálido disco blanco enjuagado. Cuando no trabajo en mi laboratorio me gusta salir a caminar mucho y visitar el océano, ¡ah! y los efectos psicodélicos de las guitarras jaguar. Me gustan las puertas viejas y vencidas, los paseos sin sentido y el viento en la cara cuando voy en moto. No me gusta cortarme el cabello.
Soy grafitero, autodidacta. Empecé a pintar hace aproximadamente 4 años de manera ilegal, para luego enfocarme en pintar de manera un poco más elaborada. También fui buscando algunas alternativas nuevas hasta llegar a la ilustración digital. Mi trabajo está basado en lo místico y religioso, en dualidades y deidades. Técnicamente me gustan las cosas mixtas y poder jugar con varias herramientas en un solo proyecto, pero sólo me gusta si es análogo. En mi trabajo digital me gusta usar únicamente la computadora, sin ninguna técnica extra.

No pares, ¡sigue leyendo!

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