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Contenedor

Sus miradas se encontraron, un día. Ambos pusieron los dedos en su cabeza y le llamaron memoria.

La invocación se les presentó en un conteneder amarillo, el mismo que les hizo pensar, durante algún tiempo, que al fin habían hallado lo que buscaban. Pero lo idealizado se fugó una noche por sus falanges distales.

«No se debe señalar más allá de lo posible», se dijeron y bajaron la mirada de las estrellas.

Entonces retrocedieron, casi sin pensarlo, cuando los sentimientos contenidos alcanzaron el nivel máximo del desborde. El color rojo en el contenedor emitió la alerta; un centímetro más y se arrojarían sin miedo.

Permitieron que las uñas llagaran sus miocardios y periferias y lo que sucedíó entre ellos cuando trataron de desprenderse de las visiones en blanco y negro.

La cobardía siempre estaría por encima de todo.

Y de ese modo quedó hecho: la negación de lo que pudieron tener.

No sonrieron.

Se pasaron de largo.

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Escritora. Cafeinómana, observadora, insomne. De ser trapecista caminaría todo el tiempo por las orillas.
Ilustradora. Experta en llegar a casa sin dobladillo, hacerla de pepenador y mantener todo en absoluto desorden. “La Muñeca” (mote familiar que ganó al nacer por su tamaño convenientemente particular), se inclina por las artes gracias a los monos de perfil con grandes narices de su padre y a la famosa “libreta roja” de recortes y canciones su madre. Su incapacidad de recrear lo real nace a partir del “Alacrán, cran, cran” cuando, en lugar de una imagen, su madre pega uno real… Hace ilustraciones para revistas, libros para niños y de vez en cuando una que otra escultura con chicle o tela.
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