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Entre buñuelos y suspiros

La conocí en la panadería. Detrás de los suspiros y los buñuelos esperaba que le dijera qué quería comer. Sólo por eso empecé a llamarla “suspiro”. Ojos café casi negros, piel tersa de bebé moreno, cuerpo de modelo que no modela. Ella joven, yo empezando a dejar de serlo. Ella con una cabellera azabache, larga y sedosa; yo con el cabello delgado y una testa brillante que mostraba mi calvicie prematura. Ella con brillo en los ojos, yo con culos de botella en los míos. Ella con cintura y caderas, yo con aún más cintura.

La conocí hace 2 años, cuando recién me mudé cerca. Trabaja en la panadería que queda justo en la esquina donde me bajo para caminar a casa después del trabajo. La fijación en ella fue instantánea. Primero la veía ajena, pero con el tiempo fuimos entablando confianza, un saludo, un qué más, un qué has hecho.

La conocí por encima y después supe que estudiaba, que estaba soltera, que tenía novio, que estaba soltera de nuevo. La invité a tomarse una cerveza en el bar de al lado, a ir al cine, a tomarse un café y hasta a comerse una empanada con kumis ahí mismo enfrente de los mostradores. Nunca me dijo que sí, pero nunca fue grosera.

Hace unos meses empezó con otro novio, me contó que andaba en moto, que era medio atravesado (mis palabras, no las suyas) y que andaba haciendo un montón de plata. Yo sólo la veía, borrosa sin mis gafas y perfecta con ellas. La veía inocente, ignorante y sin prejuicios. La veía sonreír por la pulsera, el dije o la moto que le hacía cosquillas entre las piernas.

Hace 15 días tuvieron un accidente y el tipo se murió. Antier me aceptó la ida al cine. Ahora estamos en una sala obscura iluminada sólo por el reflejo de la luz en la pantalla y ella no ha quitado mi mano de la suya. Si los que están sentados delante de nosotros voltearan hacia atrás verían que mi sonrisa es incluso más grande que la cicatriz en la cara de Suspiro.

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