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Gabriel

Gabriel es un ser de luz, bondadoso, sabio y caritativo. Se desplaza a cinco centímetros sobre el suelo, nunca tocando la tierra negra que pisamos a diario. La primera vez que lo vi estaba parado frente a «Monedita», un vagabundo loco cuyo apodo era todo su léxico. Segundos después, «Monedita» se convirtió de nuevo en Arturo, al parecer un joven de trágico pasado y malas decisiones, pero inteligente y perspicaz. Gabriel, el eterno elevado de vestimenta luminosa, se hizo reconocido en poco tiempo. Tan repentinamente como apareció se volvió famoso. Sus videos en YouTube se hacían virales, los noticieros de todo el mundo lo seguían y entrevistaban sin cansancio, los necesitados de cualquier índole empezaron a colmar las calles por donde deambulaba.

Gabriel con su sola presencia cura, alimenta y alegra. No distingue raza, religión ni género. Es un milagro divino, un personaje blanco de luz, etéreo e imponente. No come, no bebe, no besa ni abraza. Es intangible. No tiene casa, no tiene padres, no tiene hijos y nunca podrá amar a una mujer. Gabriel no sabe si está vivo y constantemente se pregunta si podrá morir.

 

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Ilustrador. Lo que nos da la propiedad de reyes o reinas es la vida misma y el hecho de que la vivamos personal e individualmente aun cuando sabemos que somos parte de un todo, aun cuando en los momentos más oscuros nos consuele saber que nuestras oscuras preguntas estén en la mente / espíritu / alma / esencia de otros. Esa virtud innata de vivir es fuertemente enriquecida con la virtud de dar vida, de ser nosotros mismos canales para la creación de nuevos mundos que se impongan a la cuestionante y finita realidad. Es allí donde creo confluir con este proyecto de creación colectiva, donde los ríos se cruzan aumentando su caudal para simplemente seguir irrigando (sí, también, por qué no, hasta llegar al mar).
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