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La cima

Ojos que no ven, corazón que no siente.
A palabras necias, oídos sordos.

Un día quisimos romper dos refranes. Llevarlos a un punto en que su sentido explotara. Subirlos a una cima que contraviniera lo que significan y dejarlos caer sobre una nueva semántica.

Hay palabras que tienen que ser necias para que vivan, me dijiste. Y los oídos llenarse de silencio como si fueran sordos para que puedan abrirse a esa necedad vital. Entonces me puse la mano cerca de la oreja y traté de oír sus líneas.

Mientras cerrabas los ojos, renunciabas por un momento a la vista. Y con tu renuncia iba la mía. Yo dejaba de ver lo que tu no veías. A ojos cerrados buscamos una nueva palabra. Una fonética que no nos llevara de los ojos a las ideas. Llevé mi mano a tu pecho. Y encontré una redondez, una silueta que en todo su contorno era palabra. Delineé unas cuantas frases en la periferia hasta que sentí el sonido de tus latidos. Ahí estaba tu corazón en el centro de mis frases construidas con el tacto de tu piel. Palabras redondas llenas de una sonoridad chiquita. Tus ojos seguían sin ver, pero tu corazón me decía todo: mi tacto y tus latidos orquestando una melodía. Y en el centro de tu seno una cima alta tan alta que desde ahí arrojamos al suelo todas las palabras.

Escritora. Mar de nervios en esta carne contrahecha. Sentir, sentir, sentir. Y de ahí pensar. Y así decir. Y en todo eso vivir. Vivo colgada de la parte baja de la J en la palabra ojalá.

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