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La hiedra

Y por qué no me miran, por qué vuelven la cabeza cuando paso por su lado, por qué evitan dirigirme la palabra cuando trato de acercarme o responden sí, no, no lo sé, a las preguntas que les hago.

Ay, si las cosas fueran diferentes. Si tan sólo fuesen un poco más amables conmigo. ¿Acaso es pedir demasiado? Entonces no haría falta que les clavara mis espinas. La fragancia que desprendo no nublaría sus sentidos. Mis dedos no se cerrarían alrededor de sus gargantas, tan frágiles, tan fascinantes. Y entonces podrían probar un poco de mi carne, y yo un bocado de la suya, sólo uno, y bailar abrazados durante horas y sin música como bailan los amantes y los locos.

 

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Cuando la lluvia se te enrede en las botas como alas y meteoros no desistas. Tampoco temas de la luna aplastante que se yergue a tus espaldas, ni a las temerosas brisas que se enrojecen como lenguas extranjeras. Ni al temor de las piernas cuando el miedo agita sus banderas terribles, ni al ocaso y sus colmillos despuntando en tu cara los instintos.

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